Hace unos días estaba en la terraza de un bar con unas amigas. A nuestro lado dos hombres en una mesa alta, de pie tomando unas cervezas. A sus pies un carrito con una niña de unos dos años sentada, distraída, jugando. No sabremos nunca que pasó, pero llegó un momento que se oyó un golpe seco y un grito. El carrito se había caído hacia atrás y la niña se había caído con él, golpeándose la cabeza contra el suelo. ESO que había sonado era SU CABEZA contra el suelo. El que era su padre (era evidente que el otro hombre no lo era) puso una cara de susto tremenda, la cogió y comenzó a decirla “no pasa nada… no pasa nada…”. Pero la niña lloraba sujetándose la cabeza de dolor. El padre seguía repitiendo con cara de susto “no pasa nada… no pasa nada…” y la niña gritaba y gritaba.

En ese instante, recordé una escena de mi infancia que nunca olvidaré, cuando con aproximadamente 7 años, jugando con unas amigas comencé a dar vueltas sobre mi misma (recuerdo hasta el vestido lila con un lazo en la cintura que llevaba) cuando me mareé y me caí al suelo. Mi cabeza se golpeó con unas estructuras de piedra que había en ese lugar. Sentí un dolor insoportable, no podía ni hablar, solo me agarré la cabeza llena de sangre y fui despacito (como pude) hasta donde estaba mi madre.

En el momento que vi esa escena, pude conectar con cómo podría ser para una niña incluso más pequeña de lo que era yo, haber pasado por ese susto y ese dolor. Evidentemente para ella sí que había pasado algo, algo muy importante que le había dado mucho miedo y que le había hecho mucho daño. Evidentemente para el padre también había pasado algo, se había dado (y seguía sintiendo) un susto tremendo. En ese momento comprendí que ese “no pasa nada… no pasa nada…” era algo que él mismo necesitaba decirse y sentir para calmarse a si mismo. Por supuesto no de forma consciente, si se le hubiese preguntado habría argumentado que él quería calmar a la niña. Pero su cara de susto hablaba de otras necesidades. En ese momento él necesitaba calmarse y sentir que “no pasaba nada” y PROYECTÓ esa necesidad en su hija. La proyección es un mecanismo por el cual las personas ponemos en el otro lo que es nuestro, sin poder reconocer entonces lo del otro.

En el caso de los padres y las madres, proyectar es hacer de sus hijos sus propias necesidades. Es confundir lo que necesitan ellos con lo que necesitan los bebés o los niños. Por ejemplo:

  • Yo tengo frío, por lo tanto, le abrigaré (a pesar de que la criatura esté sudando).
  • Tengo miedo de que te caigas del columpio, por lo tanto, te prohíbo subir (aunque el niño/a lo esté deseando).
  • Creo que estudiar es imprescindible para desarrollarte y labrarte un futuro (por que así me lo han enseñado) así que censuro todos tus otros intereses en pro de que el niño/a tenga buenas notas (a pesar de que ese niño/a lo que le gusta es bailar, el deporte, el dibujo…)
  • Yo (como adulto/a) necesito mucha tranquilidad, por lo que ordeno al niño/a que deje de moverse (incluso a veces disfrazándolo de que es lo mejor para él/ella).
  • Yo (como adulto/a) creo que debes obedecerme a la primera y cuando esto no pasa grito porque no puedo entender porqué está ocurriendo.

Lo que provoca esto es que los niños, que nos necesitan como guía y referente, tomen esas guías como propias cuando no lo son. Se ACOMODAN a lo que los adultos les dicen que son, sienten, quieren y necesitan. Esto hace que se DESCONECTEN de lo que realmente SON, lo cual genera adultos ansiosos, deprimidos, enfadados, infelices, carentes de sentido vital… que llenan nuestras consultas.