La infancia que cada uno de nosotros (madres, padres, profesionales) hemos vivido, condiciona la forma en la que nos relacionamos con los niños/as. Esta forma en la que hemos pasado por la vida, especialmente en nuestros primeros años de desarrollo, marca nuestra forma de caminar y como pensamos, sentimos, reflexionamos, miramos y amamos en ese camino…

De pequeños nos “tragamos sin masticar” todo lo que recibimos de los adultos de nuestro alrededor. Nos tragamos su forma de ver el mundo, sus normas, sus valores y principios, su forma de sentir y de hacer… Esto podía venir de papá y mamá “no seas pesado… no molestes… ¡qué vago eres!… ¡para ya!… no me contestes cuando te hablo… ahora contéstame…”, pero también puede ser de los profes del cole “no sabes hacer esto, mantente sentado, cállate, te estás portando mal…” o son mensajes sociales y culturales “los niños no lloran, tienes que obedecer, las niñas juegan con muñecas, los niños no…”.

Estos mensajes y formas de actuar guían qué pensaremos de nosotros, que nos permitiremos hacer, decir, sentir y experimentar y qué no. ¿Por qué?

  • Porque aquello que nos permitieron es lo que nos permitiremos.
  • Así como nos vieron, nos veremos.
  • Así como nos definieron, nos definiremos.
  • Aquello que se evaluaba como bueno, interiormente nos lo permitiremos.
  • Aquello que era “terrible” nos hará sentir culpables.

Por lo tanto, seremos en la medida que nos hicieron ¡hasta que decidamos lo contrario!. Podremos dar en la medida que a nosotros nos dieron y amar de la misma forma que nosotros fuimos amados.

Es importante haber podido recibir todo esto de nuestros padres, profesores, cultura… Necesitamos ser llenados de guía que nos forme como personas. Sin embargo, cuando lo que recibimos es (o es interpretado por nosotros como niños/as como) un reproche, violencia emocional, censura de nuestras necesidades… Se generan una serie de creencias limitantes que nos restringen de adultos en nuestra forma de vivir. Como niñas, no hemos podido hacer una reflexión profunda de si queremos o no queremos sostener esa forma de ser y de vivir, de pensar y de relacionarnos. Simplemente después repetimos y repetimos. Repetimos lo que vivimos de niñas en nuestras relaciones más importantes (mamá y papá) después en nuestras relaciones más importantes de adultas: la pareja y los hijos.

Hasta que un día decidimos revisar todo aquello que nos limita, porque nos guía por un camino predeterminado y del que no nos podemos salir y decidimos explorar cómo es salirnos. Empezamos a sanar aquello que necesitamos para sentir que hay otras opciones de vida.

«Aprender a vivir es aprender a desaprenderse»

Sogyal Rimpoche

 

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